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Carlos Vives, un rockstar a la colombiana

El primer escenario en el que se presentó fue una sala de espera. Él y su hermano daban serenatas a los pacientes del hospital en el que trabajaba su papá. Desde los cinco años su abuela le enseñó a tocar el piano y un poco después siguió con la guitarra. Quienes conocieron a Carlos Vives en este entonces debieron pensar que para él la música era lo primero, pero estaban equivocados: quería ser médico, como su padre. Sin embargo, la vida, con señales que le puso aquí y allá, se encargó de mostrarle cuál era el camino correcto para su mente creadora.

La primera señal fue el resultado de su prueba de admisión para estudiar Medicina: le fue tan mal que tuvo que hacer un curso previo que lo nivelara. La segunda señal fue la aparición, casi mágica, de la Escuela Nacional de Arte Dramático: un día que caminaba cerca de la universidad vio un montón de gente rara gritando en un techo y trepada de una ventana, eran actores que lo llamaban a inscribirse a esa academia donde  sí pasó el examen de admisión. La tercera señal, y la definitiva, se dio en un bar en el que cantaba, allí fue descubierto por unos productores de televisión que le ofrecieron su primer papel y, con él, el tiquete al éxito.

Cuando empezó, no hubo quien lo parara. Tiempo sin huella, Pequeños gigantes, Gallito Ramírez, Loca pasión… Era el galán que enamoraba a todas las televidentes. Siempre atractivo, siempre simpático, siempre inocente. Y luego vino una bomba: Escalona, serie en la que Vives interpretaba a uno de los grandes compositores y cantantes vallenatos de Colombia. La actuación y la música se fusionaron para terminar de convertirlo en una estrella. 

A partir de ese momento, supo que lo suyo en realidad era la música. Empezó con los vallenatos de Escalona, pero estos simplemente sirvieron de chispa para encender su potencial creativo, que lo llevó a explorar su propia música. Fue así como tomó el vallenato que oía en su natal Santa Marta y lo decoró con los demás géneros que lo acompañaron a lo largo de su vida –desde la balada hasta el rock– para dar origen a La tierra del olvido: un disco con un sonido único, que nacía de sus raíces pero las modernizaba y las entregaba a públicos de todas las edades en un género que más tarde denominarían colombian-pop y que inspiró a decenas de artistas que lo siguieron. Desde este momento encontró su voz y una pasión que movería su espíritu para siempre.

El acordeón, la guacharaca y la percusión de la música de sus ancestros se convirtieron en su obsesión, y por eso es evidente que cuando le preguntan por la música –no por su vida o sus tres esposas– se le ilumina la mirada y empieza hablar desde el alma.

A ese disco trampolín le han seguido otros siete, de los que se han vendido más de 30 millones de copias y gracias a los que ha ganado dos premios Grammy y 9 Grammy latinos. Recientemente, en alianza con ProColombia, el artista hizo una nueva versión de La tierra del olvido para el pabellón del país en la exposición universal del Milán, en el que participaron algunos de sus amigos: Fonseca, Andrea Echeverri, Fanny Lu, Maluma, Herencia de Timbiquí, “El Cholo” Valderrama y Coral Group. En solo seis meses, el videoclip de la canción ha sido visto por más de trece millones de personas, cifra que ratifica el talento y el carisma de este artista 100% colombiano.

26/10/2015

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