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El Nobel colombiano enfermo de poesía

Desde la cuna, Gabriel García Márquez contrajo el mal de la poesía: su abuela no decía llorar sino requebrar. Ella le contagió esa enfermedad que no tiene cura y que llevó a que su paso por la vida siempre estuviera acompañado de una tristeza de espíritu que si a veces no se notaba solo se debía a que la combatía con música, amigos y ron. Ese virus que circulaba por su sangre hizo que construyera un universo literario complejo y fantástico que, luego de publicar Cien años de soledad, lo hizo merecedor del premio Nobel.

A medida que García Márquez crecía, la enfermedad empeoraba. A los 13 recitaba de memoria todos los poetas clásicos españoles, pero poco después, cuando conoció el movimiento piedracielista, así como su entusiasmo literario y su vehemencia, supo que tenía que ser escritor. Empezó con poemas. Luego paso a los cuentos, que tenían tanto potencial que Eduardo Zalamea Borda –quien en ese entonces dirigía el suplemento del fin de semana del diario El Espectador– los elogió y los publicó en el periódico. Y finalmente llegó a la novela. 

Siempre leyó y escribió, incluso cuando llegó a Bogotá proveniente del Caribe a estudiar Derecho. Contaba que los domingos los pasaba en el tranvía leyendo libros de versos para soportar los días lluviosos de la capital. Y lo siguió haciendo cuando escapó de esa ciudad helada de regreso a la Costa, donde trabajó en el diario El Universal. Allá, entre el calor y la bohemia costeña, Gabo conoció a los grandes: Hawthorne, Melville, Poe, Faulkner, Virginia Woolf, Sherwood Anderson, Dos Passos, Teodoro Dreisser,  Conrad, etc. Con esa preparación, guiado por los más curiosos intelectuales colombianos de su tiempo, el escritor estaba listo para afrontar su gran novela, y lo hizo inspirado en las historias caribeñas de su familia, que eran las mismas de Colombia. Para hacerlo se valió de un arma poderosa: el realismo mágico, un movimiento literario que le permitía demostrar que la realidad era tan fantástica como la ficción.

 

No fue fácil. Mientras escribió Cien años de soledad solo escribió Cien años de soledad, así que su esposa, Mercedes Barcha, tuvo que arreglárselas para que le fiaran la comida hasta que terminara el libro, que tardó en escribir un año y medio. Pero todos los sacrificios valieron la pena. La novela hizo de García Márquez una estrella.

El escritor se convirtió en un hombre poderoso y de boca suelta, cuyos ideales políticos hicieron que su vida corriera peligro, así que tuvo que exiliarse y pasar el resto de su vida en México, aunque viajaba a Colombia con mucha frecuencia. Su posición entre la intelectualidad no solo le permitió dedicar el tiempo que quiso a sus otras pasiones –sus amigos, el cine y la música–, sino codearse con mandatarios políticos como Fidel Castro y Omar Torrijos. Por esta razón ganó enemistades, pero también realizó intensas gestiones para obtener la libertad de presos políticos o mediar para que uno y otro dictador mejoraran sus relaciones con opositores exiliados.

Su posición política, sin embargo, siempre dada a la controversia, poca relación tenía con su vigorosa obra literaria, con la que intentó luchar contra la desmemoria y poner en palabras nuestra historia a ritmo de vallenato y realismo mágico.

28/10/2015

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