Conoce Colombia

Rodolfo Llinás, el genio detrás del cerebro humano

El científico más importante de Colombia fue un pésimo estudiante. Se aburría en el colegio. Muy pocas cosas le parecían interesantes. No entendía por qué tenía que aprenderse los afluentes del río Caquetá. Sentía que recibía conocimientos inútiles. Sin embargo, en su casa, la educación era muy distinta. Allí, en medio de decenas de libros y recovecos, su padre y su abuelo le enseñaron que las cosas realmente importantes eran esas que él mismo descubría. Así se fue formando un investigador apasionado, que nunca esperó a que sus profesores le impusieran enseñanzas que de nada le iban a servir, él mismo se encargó de encontrar las maravillas del mundo y su curiosidad lo llevó a explorar los misterios del cerebro humano.

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La vida en bicicleta

Todo empezó con 34 kilómetros, en Bogotá, cuando corría 1976. Fueron 34 kilómetros modestos que la ciudad cedió a la gente, para que los domingos y los días festivos salieran a caminar, a trotar, a montar en bicicleta… Pero sobre todo para que salieran, solos o acompañados, pero que salieran, vieran el sol y sintieran el bienestar de poner su cuerpo a andar, luego de largos días atrapados entre casas y oficinas de cuatro paredes.

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Cali, a donde llegó la salsa como un huracán

“Ninguna salsa le llega a usted entera, al final azota el llanto, quiebra el miedo, afloran las tristezas inexplicables”. Esto asegura uno de los personajes de Andrés Caicedo en su novela ¡Qué viva la música!, una enorme oda a la salsa que salió a las librerías a finales de los años 70 y que este año llega al cine. Caicedo, caleño hasta la médula, era consciente del poder de ese género que se abría camino por su ciudad y contagiaba a la gente de su fuerza ambivalente, que podía hacer volar o hundir a sus oyentes en el vaivén del piano, las maracas y el bongó.

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La panela, energía para la vida

Es difícil alcanzar a los ciclistas colombianos. No solo porque son veloces y fuertes y livianos, sino porque son imparables. Una voluntad inquebrantable los mueve, así que siempre tienen el poder de dar otro pedalazo, y hay algo en su cuerpo que los impulsa para ir un poco más rápido y más lejos. Para muchos, ese revitalizante que circula por sus piernas es un misterio, para los colombianos es claro que el secreto se llama panela. Fría, caliente, en cubo o en polvo, este producto alimenta las neuronas y potencia las capacidades del cuerpo. Nuestros guerreros en caballitos de acero se han acostumbrado a entrenar cargados con ese energizante natural que, junto a sus capacidades físicas y mentales, los hace volar por las carreteras colombianas y sus pendientes.

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Cali: capital del Pacífico colombiano

Antes de que Gabriel García Márquez encantara al mundo con Cien años de soledad, otra novela colombiana irrumpió, arrolladora, en el medio editorial y se llevó la atención de los lectores más difíciles. Se llamó María, la escribió Jorge Isaacs y, un siglo antes de la llegada de la poderosa obra de Gabo, fue celebrada por Rubén Darío, Unamuno e incluso Borges. Para los años 70 del siglo XX era la novela más leída de Latinoamérica.

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Las familias cafeteras: todas para una y una para todas

Las montañas, verdes e imponentes, les dan los buenos días a los cafeteros colombianos. A pesar de que hoy es un paisaje hipnótico y sereno –repleto de pequeños granos rojos que seducen la mirada–, antes no se destacaba por ser amigable, ni tranquilo, ni especialmente productivo. Era un territorio escarpado con difíciles condiciones geográficas para el asentamiento humano. Sin embargo, quienes se movían por estas tierras eran personas ingeniosas y recursivas que supieron adaptarse al lugar y aprovechar el potencial de la tierra para desarrollar una exitosa caficultura de ladera y montaña.

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