Conoce Colombia

San Andrés, Providencia y Santa Catalina: las islas de la paz

El avión abre sus puertas y la brisa cálida del Caribe lo envuelve. Usted desciende las escaleras con la esperanza de que su maleta salga pronto, para dejarla pronto en el hotel y salir pronto a conocer el paraíso. Sus deseos son órdenes. Llega a la avenida peatonal que bordea la playa de San Andrés, se quita los zapatos, pisa la arena, avanza unos pasos y se sienta frente al mar que se ufana de sus siete colores. Respira, oye, siente. Descubre el punto exacto del planeta donde se encuentra la paz.

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‘El Cholo’ Valderrama, un vaquero a la colombiana

Orlando “El Cholo” Valderrama tarda tres horas a caballo desde su finca en Casanare hasta Pore, el pueblo más cercano. Y otras tres horas de regreso, por supuesto. Solo va cuando es estrictamente necesario. Lo suyo no son las ciudades, sino el pasto y el ganado. Entre menos concreto y más llano, mejor. Con esto en mente es fácil entender por qué este artista colombiano canta lo que canta: “Si el cielo es un paraíso, tendrá que tener un llano donde esté mi mamá Sara en un corral ordeñando. Y este mi papá Manuel montado sobre un caballo”.

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El realismo mágico detrás de la música de acordeón

Gabriel García Márquez sentía una debilidad por el vallenato. “No sé qué tiene el acordeón de comunicativo que cuando lo oímos se nos arruga el sentimiento –escribió el Nobel en el diario El Universal, hace 70 años–. Yo, personalmente, le haría levantar una estatua a ese fuelle nostálgico, amargamente humano, que tiene tanto de animal triste”. Tal era su fascinación por la música que surgía de ese instrumento con repliegues de lombriz, que también confesó que esa enorme novela suya, que le dio la vuelta al mundo, fue casi un homenaje: “Cien años de soledad no es más que un intento por escribir un vallenato de 450 páginas”.

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Naturaleza para todos los gustos en el Parque Tayrona

Las aguas cristalinas del Mar Caribe acarician las blancas arenas de la costa del departamento de Magdalena en el norte colombiano. A su lado, bailando al ritmo de la brisa marina, un bosque de frondoso árboles se abre campo hacia el piedemonte; en él los sonidos chillones de los monos aulladores se funden con los cantos de los paujiles. Al fondo, majestuosa, la Sierra Nevada de Santa Marta cuida este paisaje que parece pintado con el realismo mágico de García Márquez.

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Gorgona, la isla de las serpientes

En la mitología griega existió un monstruo femenino que aterrorizaba a los hombres y los petrificaba con una sola mirada: era Medusa, una de las tres Gorgonas, que tenía como rasgo característico tener fieras serpientes como cabellos. Cuenta la historia que esta es, justamente, la razón por las que el conquistador Francisco Pizarro, en el siglo XVI, nombró con el nombre de Gorgona a la isla paradisiaca del Pacífico colombiano: porque las serpientes venenosas de la isla diezmaron notablemente su regimiento de militares.

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Dos mares y un viaje submarino

Viajar por los cinco pisos térmicos de nuestro país es un privilegio para los sentidos. Cuando se vuela por sus aires y se recorren las montañas una especie de magia aparece en el paraíso de la megadiversidad. Pero en el lecho marino de los más de 900.000 kilómetros cuadrados de aguas territoriales hay otro universo preparado para recibir a los amantes del buceo.

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