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Los alucinantes desiertos de Colombia

Llueve poco, muy poco. El cielo siempre está despejado y el sol hace que la arena brille. Al leer estas palabras, una sensación de calor empieza a recorrer el cuerpo y esto se debe a que, en efecto, el desierto de La Guajira, en el norte de Colombia, es cálido, muy cálido. Que la temperatura llegue a los 42 grados centígrados es cotidiano, sin embargo, no suele ser sofocante porque el viento de la península es amigo íntimo del sol. Vuela refrescante y libre entre las dunas hasta llegar a encontrarse con el mar.

Aunque ese sol que acompaña la vida de los guajiros no es asfixiante, sí es mágico: hace que las personas que recorren y habitan estas tierras vean fenómenos naturales que es difícil encontrar en otros lugares del planeta. En la Guajira se ven cielos rosados, por ejemplo, pero después de unos instantes, cuando los ojos salen del hechizo, descubren que el cielo en realidad no es rosado, sino que decenas de flamencos lo cubren mientras planean elegantes y orgullosos. En La Guajira, después de recorrer kilómetros y kilómetros de dunas, los ojos ven montañas de nieve, para luego descubrir que son hermosos cerros de sal. En la Guajira, los ojos te engañan y te hacen pensar que durante el atardecer el sol arde en llamas y podría convertirse en carbón, pero el naranja intenso no es más que la manera en que la visión de un paisaje perfecto se hace realidad.

En La Guajira habitan los indígenas wayúu, la comunidad que resistió con mayor ahínco las invasión de los conquistadores españoles y que logró defender su identidad y su cultura. Por esta razón, conocer este desierto no solo implica acercarse a la magia de paisajes alucinantes, sino a la de estos indígenas, su sabiduría y sus territorios sagrados. 

Como si este destino no fuera suficientemente cautivador, en Colombia se encuentran otros dos desiertos: uno en el Huila y otro en Boyacá, los dos en el centro del país, esta vez lejos de ese mar y ese viento que refrescan La Guajira.

En el Huila está el Desierto de la Tatacoa, un lugar en el que las dunas son reemplazadas por montañas de tierra –entre los 50 centímetros y los cuatro metros de altura–, que conforman extraños laberintos anaranjados y rojos que invitan a perderse en ellos, ya sea caminando o, para el caso de los más osados, montando en bicicleta. Los visitantes que desconocen los detalles de otros planetas del sistema solar podrían pensar que este paisaje se parece al relieve de Marte, una posibilidad que resulta curiosa aquí, un lugar privilegiado para los estudiosos y amantes de la astronomía, quienes consideran que este es un paraje ideal para contemplar el firmamento.

En Boyacá se encuentra el Desierto de la Candelaria, un desierto diferente a ese ardiente y arenoso que estamos acostumbrados a ver en las películas. Aquí el viento es frío y el terreno es fértil: se ven plantaciones de maíz, cultivos de tomate y algunos frutales. Sin embargo, también hay espacios más áridos y cubiertos de roca, y, en general, como en los demás desiertos del mundo, predominan la soledad, la paz y el silencio.

22/10/2015

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