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Poderoso, sensible y osado, así es el cine Colombiano

Hace 25 años llegó, por primera vez, una película colombiana al Festival de Cannes. Se titulaba Rodrigo D. No futuro y contaba la historia de un joven que desde el último piso de un edificio piensa en saltar sobre una ciudad que lo oprime, lo margina y lo tortura. Esa vida le sirvió al cineasta Víctor Gaviria para presentar la realidad de muchos otros jóvenes, y lo hizo con tanta sinceridad y crudeza, que impactó a los espectadores. Con el uso de actores naturales que se comportaban como lo harían cotidianamente, en medio de condiciones vitales extremadamente difíciles, rompió la barrera que solía proteger al público en la tranquila comodidad de la ficción, y lo enfrentó, inevitablemente, con una realidad aterradora.

Aunque la película no ganó ningún premio, fue el símbolo de una industria cinematográfica intensa, sensible y atrevida que cien años atrás había nacido en Colombia y cada vez tenía mayor fuerza y solidez. Lo que había nacido como una ilusión de dos italianos, los hermanos Francesco y Vicenzo di Domenico, quienes llegaron a Bogotá con la idea de crear un imperio del cine, ahora empezaba a consolidarse, no solo porque las producciones nacionales tenían resonancia en el exterior, sino porque podían ser económicamente rentables: un par de años después de Rodrigo D., Sergio Cabrera estrenó La estrategia del caracol, que sumó 1’200.000 espectadores y más de un millón de dólares en utilidades, además de ganar premios en España, Cuba y Estados Unidos, entre otros. 

El camino no fue, sin embargo, nada fácil. Los recursos para la producción cinematográfica solían ser escasos, así que en la historia del cine colombiano se han creado diferentes leyes y fomentos estatales que han servido de trampolín para que la industria florezca. Y ha habido diferentes primaveras. Estuvo la generación de Gaviria y Cabrera, de la que también hicieron parte Carlos Mayolo, Luis Ospina y Felipe Aljure, quienes dieron origen a joyas como La gente de la Universal, La vendedora de rosas y La mansión de Araucaima. Al empezar el siglo XXI, María llena eres de gracia, una coproducción entre Colombia y Estados Unidos, llegó a los premios Oscar, con una nominación a mejor actriz para Catalina Sandino, su protagonista.

Poco después aparece en el panorama Ciro Guerra, cuya mirada poética llega a Cannes con dos producciones estéticamente seductoras: Los viajes del viento y El abrazo de la serpiente. La primera llevó el embrujo del desierto de La Guajira hasta Francia, y la segunda –que ganó el premio en la Quincena de Realizadores de Cannes en 2015– reveló la magia de la selva Amazónica y la sabiduría de las comunidades indígenas que la habitan.

Después de esa llegada asombrosa de Víctor Gaviria a Cannes, ahora es común ver películas colombianas en el festival gracias a una generación de jóvenes que brillan con luz propia. Entre ellas están, para mencionar algunas, La sociedad del semáforo, de Rubén Mendoza; La Sirga, de William Vega; Gente de bien, de Franco Lolli, y La tierra y la sombra, de César Acevedo –que se llevó tres premios en la última edición de Cannes–. Esta proliferación de películas nacionales en el festival francés es señal del buen momento del cine colombiano y es indicador del talento, la creatividad y la osadía que ha impulsado a los cineastas del país a crear historias poderosas.    

23/09/2015

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